El número es contundente: solo el 30% de las familias con un capital superior a mil millones de dólares llega a la tercera generación en América Latina. A la cuarta, apenas entre el 4% y el 7%. Jorge Narváez Hasfura lo dice sin rodeos. Con casi cuatro décadas de experiencia como socio en Baker & McKenzie, ha visto de cerca el patrón repetirse: fortunas construidas con visión de largo plazo que se diluyen en silencio, no por los mercados, sino por todo aquello que ocurre (o no ocurre) dentro de las familias.

“La familia que origina los recursos trabaja, genera riqueza y la pasa a la siguiente generación”, explica. “Pero esa segunda generación ya no tiene el empuje ni la visión de largo plazo que tuvo la primera. Empieza a pensar más en el uso inmediato del dinero, no en su reinversión.” Lo que sigue es casi siempre lo mismo: para cuando llega la tercera generación, lo que queda de la fortuna se dilapida.

El problema, sin embargo, no es inevitable. Colegas de Jorge en la firma publicaron recientemente un artículo en Bloomberg que lo plantea con claridad: la llamada “maldición de las tres generaciones” no es un destino, es un problema de diseño.

Not the Markets. The Family.

Jorge identifica varias causas reales detrás de este fenómeno. La primera es estructural: hoy las familias son multijurisdiccionales. La globalización las llevó a tener presencia en distintos países, lo que introduce múltiples capas de complejidad: sistemas jurídicos distintos, regímenes fiscales distintos, expectativas culturales distintas.

La segunda es generacional, pero no de valores sino de horizontes temporales. “Los fundadores optimizan para el largo plazo. La segunda generación busca estabilidad. Y la tercera tiende a buscar liquidez y flexibilidad”, apunta. Cuando esa diferencia de visión no se establece de manera explícita dentro de una estructura de gobernanza, los debates patrimoniales se convierten en conflictos personales —y a veces en acusaciones morales.

A esto se suma un problema que pocas familias quieren ver: los documentos que establecen las reglas del juego quedan obsoletos. Testamentos, fideicomisos y acuerdos de accionistas se redactan en un momento específico de la historia familiar, cuando todo era más simple. Con el tiempo, se vuelven fuentes de ambigüedad. “Deben tratarse como documentos vivos”, dice Jorge. “Instrumentos que se ajusten conforme evoluciona la familia.”

Hay también un tabú cultural que agrava todo: en México y en América Latina, las familias evitan hablar de sucesiones y testamentos. Cuando ocurre el fallecimiento, no existe una estructura que sostenga el proceso.

The Solution: A System Built by Design.

Lo que Jorge propone no es burocracia. Es lo contrario.

“No se trata de llenar de documentos que nadie lee ni de contratar asesores para generar papeles sin sentido”, aclara. “Se trata de construir un sistema de reglas, estructuras y conversaciones cercanas que realmente respondan a lo que la familia necesita.”

Ese sistema tiene nombre: family governance. Y su premisa es simple pero poderosa: las familias que logran preservar su patrimonio a través de generaciones no lo hacen por suerte ni por los mercados. Lo hacen porque tratan la continuidad generacional como algo que se construye conscientemente, no como algo que simplemente ocurre.

Esto implica protocolos claros para la toma de decisiones para que cada decisión importante no se convierta en una negociación de poder entre ramas familiares, separar la propiedad de la gestión, porque ser accionista no convierte automáticamente a alguien en buen administrador, y preparar a los herederos antes de que llegue la riqueza. “La riqueza que llega sin el proceso que la generó crea vulnerabilidad”, dice Jorge.

Jorge Narvaez Hasfura

El impuesto sucesorio es también parte de la ecuación. En México no existe aún, pero en Estados Unidos, Europa y varias jurisdicciones de América Latina representa un golpe significativo al patrimonio. “Sabiendo que viene ese impuesto, hay que hacer inversiones que permitan afrontarlo sin obligar a la familia a vender lo que precisamente se quiere transmitir”, advierte.

A Wealthy Note

La conclusión de Jorge es tan directa como su diagnóstico: más que pensar en estrategias fiscales o corporativas, lo verdaderamente importante es pensar en cómo acrecer —o al menos mantener— el patrimonio a través del tiempo. Y eso no ocurre solo. Requiere un sistema. Requiere conversaciones que muchas familias todavía se niegan a tener. Requiere tratar el legado no como algo que se hereda, sino como algo que se construye.​​​​​​​​​​​​​​​​

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